El silencio crispaba los
nervios de Víktor, que no cesaba de arrebullarse en su capa intentando
conservar su calor corporal, mientras, la fría noche le arrancaba la humedad de
su aliento condensado. Hacía horas que trataba de despistar a las criaturas que
le perseguían, pero parecía que era en vano, aquellos seres parecían ser muy
tenaces y unos excelentes rastreadores.
Aún no había tenido una imagen
clara de sus perseguidores pero, a juzgar por lo poco que había visto, estaba
casi seguro de que eran algún tipo de mutantes, producto de los residuos
mágicos que los magos de Tahúr no cesaban de desechar en los grandes bosques
que poblaban la región.
Sea como fuere, aquellas
criaturas se agazapaban en las sombras, trabadas en un macabro juego
persecutorio que no llegaba a culminar.
-¿A qué cojones
esperan? – murmuró Víktor para sí mientras amartillaba su ballesta, retrocediendo,
poco a poco, al interior de la cueva donde se guarecía del viento.
Fuera, el silencio era total y
la oscuridad imperaba salvo por la luz de la luna reflejada en varios pares de
ojos, que escrutaban el interior de la cueva, inmóviles.
Mierda, esto se va a poner feo, pensó Víktor mientras contaba
globos oculares, seis, ocho… ¡doce! Eh, espera, ese tiene…
¿tres ojos? Frunciendo el ceño y, ligeramente confuso pero sin dejar de
apuntar con la ballesta a la boca de la cueva, se llevó una mano al interior de
una de sus faltriqueras. Tras palpar el frasquito que tenía entre los dedos y
reconocer sus marcas, hechas para identificar su contenido sin necesidad de luz,
arrancó el tapón con los dientes y apuró de un trago su contenido.
De repente, su visión se tornó
clara. Pese a la oscuridad podía distinguir los distintos matices de color en
la roca y mientras su visión se amplificaba por los efectos del combinado de lúbula y shemí, empezó a distinguir las monstruosas siluetas paradas en la
entrada. Sus pupilas, ahora enormemente dilatadas, comenzaron a transferir a su
cerebro la dantesca estampa de aquellas criaturas de pesadilla, deformes y con
una anatomía que desafiaba toda lógica evolutiva.
Parpadeando atónito ante aquel
horror, retrocedió nuevamente un par de pasos y los seres, siendo ahora
conscientes de que habían sido vistos, decidieron concluir su juego de
persecución para abalanzarse, sin orden ni concierto, sobre Víktor. Los
tentáculos se retorcían y crispaban azotando el aire, mientras que decenas de
bocas salivaban ante el inminente bocado. Enormes garras y fragmentos de huesos
sobresaliente de aquellos abotargados cuerpos, arañaban en suelo mientras aquellos
seres cargaban contra él.
Reprimiendo un grito de espanto
y retrocediendo aún más, trató de hacer puntería contra uno de los tres ojos
que ocupaban la frente de la criatura más cercana. Ni siquiera frenó el avance
del mutante, bastando el latigazo de uno de sus tentáculos para apartar inofensivamente
el virote, perdiéndose este en el suelo de la caverna.
El sudor resbalaba por la
frente de Víktor, desenfundando su estoque se preparaba para la mortal
acometida. Nuestro protagonista seguía andando de espaldas, viendo que la
confrontación era inminente, hasta que por azar y descuido terminó cayendo por
un pozo del que no se había percatado hasta ahora, al haber entrado en la
caverna prácticamente a tientas.
Tras cuatro largos y duros
metros de caída, fue a dar de espaldas contra el frío suelo de piedra y comenzó
a tantear con las manos a su alrededor para apresar su estoque nuevamente. Se
puso en pie, no sin varios quejidos de dolor, para defenderse hasta su último
aliento. Pero al mirar arriba, se dio cuenta de que aquellas criaturas no
podrían pasar por donde él había caído, debido a su enorme tamaño.
-Mira
tú qué bien – asintió con cierta satisfacción – al menos la hostia ha merecido
la pena.
Para evitar volver a caerse a
un posible vacío, Víktor examinó con ojo crítico el lugar donde se encontraba
que parecía ser parte de una red de túneles. Sin embargo, había algo que
levantó sus sospechas, y es que estos túneles parecían más bien producto del
ser humano, más que un mero resultado de los caprichos geológicos. El suelo era
demasiado plano y recto. Y su visión amplificada podía captar el desgaste que
sólo el trasiego y la estancia prolongada de los seres humanos puede producir.
Suspiró, pero al menos se
alegró de que aún le quedaba una hora, o quizás dos, hasta que la mezcla
conocida como Ojo Nocturno perdiera
su efecto. Aprovechó para hacer inventario y se alegró de no haber extraviado
ni roto nada en su caída, se aseguró de que ninguno de los viales que portaba
consigo se hubiera fragmentado con el impacto y echó a andar, en estado de
alerta, con el estoque por delante,
hasta la primera bifurcación.
La chispa de la yesca y el
pedernal arrancaron brevemente destellos de las paredes, mientras Víktor
encendía un pequeño cabo de vela que había sacado de uno de sus bolsillos.
Prendiéndole fuego y elevándolo ligeramente, pudo encontrar una corriente de
aire que discurría en dirección al túnel de su izquierda. Suspiró aliviado y
emprendió la marcha en busca de la salida.
El pensamiento de que había
logrado escapar de la muerte por puro azar, más que por cualquier habilidad de
supervivencia, iba haciéndose cada vez más insidioso en el cerebro de Víktor. No estoy preparado para este mundo de
horrores… Maldita sea, ¿es que acaso alguien lo está?, pensaba mientras
trataba de amortiguar el eco de sus pasos en el corredor. Malditos sean los magos, seguros en sus ciudades mientras que las
abominaciones fruto de sus residuos campan a sus anchas. Es normal que los
greldianos… El sonido blando y casi viscoso de unos pasos tras él, sacó a
Víktor de sus cavilaciones.
Volviéndose, con la punta del
estoque por delante, se enfrentó a lo que parecía haber sido, en otro tiempo,
un ser humano.
-Siempre
he odiado los ghulas – masculló
mientras daba un paso atrás, aprovechando así para alejarse de sus zarpas y
poder identificar su punto débil.
Dando gracias porque el Ojo nocturno siguiera haciendo efecto,
los perspicaces ojos de Víktor no tardaron en discernir el fémur sobresaliente,
que era, por otro lado, el único hueso visible en toda la anatomía de aquel
ser, entre aquella argamasa viscosa y negra con forma humanoide.
Realizó una finta de prueba
contra uno de los brazos del ghula
con intención de cercenarlo, pero el monstruo logró evadirlo fácilmente,
aprovechando para acortar distancias y distendiendo lo que parecía su boca, en
un mordisco mortal. Concentrando todas sus energías en un único y brutal golpe,
Víktor proyecto la puntera metálica de su bota contra el fémur de la criatura,
haciéndolo astillas por la mitad. Con un chirrido casi metálico, el ghula, comenzó a convulsionar mientras
iba formando un charco negro en el suelo en torno al fémur destrozado, el único
resto sólido que dejó el cadáver de la criatura.
-Pues
ya estaría – asintió satisfecho mientras recogía algunos de los restos del
ghula en uno de sus frascos y guardaba algunos pedazos del fémur en otro. –
Malditos magos, de verdad que los odio.
Blasfemó entre dientes mientras
escupía. – al menos estos bichos tienen su utilidad.
Terminando de poner a buen
recado los restos aprovechables de la criatura continuó por el túnel, esta vez
con más cautela. Aun así, era raro ver a más de un ghula en un mismo lugar, estas criaturas se canibalizan entre sí,
alimentándose de la arcilla del otro para hacerse más grandes y fuertes. Éste era
más bien pequeño, dentro de lo que cabe.
A Víktor le dio un escalofrío
al pensar en cómo los efectos de la magia eran tan caóticos, esos malditos magos no saben controlar los
residuos de sus conjuros y, al expulsarlos al exterior, éstos modificaban la
materia de formas imprevisibles, se lamentaba. Estos ghulas, por ejemplo, cuando el residuo mágico alcanzaba el hueso de
un cadáver, usaba este de resonador para disolver toda la materia
biológicamente similar a su alrededor y convertirla en esa arcilla negra. La
forma de matarlos es relativamente sencilla, romper el hueso, pero no todos
están tan a la vista o son tan sencillos de romper como un fémur.
Poniendo los ojos en blanco,
como última muestra de desprecio a lo Arcano, entró en una pequeña estancia,
que parecía excavada en la misma roca. Después de recorrer la estancia con la
mirada, lanzó un pequeño silbido de admiración.
-Vaya,
un taller alquímico, esto no me lo esperaba en Tahúr…
Con cierta codicia, sus ojos
recorrieron los distintos matraces y decantadores, reconociendo la mano de los
artesanos de Dolem en su fabricación. Antes de proseguir, tuvo a bien colocar
una de las estanterías contra la salida al túnel por la que había venido, como
mera precaución.
Registró los armarios a
conciencia, aprovechando todo lo que encontraba que le era de utilidad y podía
transportar; se hizo con un pequeño mechero de yesca y cuerda, así como con
varios viales y materiales básicos. No tenía sentido llevarse las notas, se
lamentó Víktor, tardaría demasiado en descifrarlas. Cada alquimista tiene su
código, heredado de su maestro o grupo, y no estaba familiarizado con el de Tahur.
Eso no le impidió registrar las estanterías y hacerse con azufre, tan difícil
de encontrar en Greld, también con limaduras de plomo y, para su sorpresa, un
botecito con mercurio y un metro de hilo de cobre.
-Parece
que alguien tenía presupuesto.- dijo Víktor con un deje de envidia en su voz. En
Greld el mercurio era prácticamente imposible de encontrar, por no hablar de un
cobre tan puro y convertido en un hilo tan fino. A decir verdad, en Greld, la
industria estaba bastante menos avanzada que en otras regiones, todo esto tenía
que ser de Ygg. Como para corroborar su teoría encontró un buen puñado de draknas, la moneda de dicha región, en
una abultada bolsa que no tardó en echarse al petate.
Notaba cómo los efectos de la
poción se iban disipando en su organismo y, tras un último vistazo a la
estancia, por si podía aprovechar algo más, se puso a buscar la salida antes de
que el brebaje perdiera su efecto. Siguiendo la corriente de aire hasta una de
las paredes de la habitación, aparentemente no había salida. Enarcó una ceja
antes de buscar con los dedos alguna rugosidad o imperfección, hasta que,
satisfactoriamente, encontró una pequeña cerradura disimulada en la pared.
-Bueno,
un día es un día – sonriendo, extrajo un trocito del rollo de alambre y lo
introdujo en la hendidura. Tras lo cual, sacó un pellizco de sal y, tarareando,
lo acercó al pedazo de cobre notando cómo éste empezaba a calentarse. La Alquimia es un proceso muy satisfactorio,
pensó Viktor, aportas al mismo todo lo
que este necesita. Y sólo altera la realidad en la medida en que sus leyes
permiten que se deforme, sin residuo, sin impacto. Rompiendo un pedacito de
piedra de uno de los desconchones de la pared, apretó éste en su otra mano,
notando cómo la materia se descomponía y pasaba a través del canal alquímico de
la sal, inundando el espacio del interior del hilo de cobre. Una cosa pasa a la otra, limpiamente, el
impacto que tenga en el mundo depende de su uso. Simplemente, esos capullos
moralistas de Greld no quieren entender que esto no es magia diabólica, estamos
hablando de un proceso racional. Al cabo de pocos segundos, el hilo comenzó
a expandirse llenando todo el hueco de la cerradura y amoldándose a él. Cuando
Víktor comenzó a notar la oposición de la materia, dejó caer la poca sal que le
quedaba y sacudió de sus manos los restos de piedra, disolviendo el vínculo
alquímico.
Con un leve giro de muñeca y un
chasquido, la puerta oculta se abrió revelando una salida al exterior. Sacando
el hilo de cobre, ahora convertido en una réplica exacta de la llave original,
lo guardó por si volvía a necesitar de éste refugio. Nuestro alquimista
emprendió, nuevamente, el camino. Ese camino que no sabía a dónde le llevaría y
en el que tampoco tenía muchas esperanzas. Pero era el camino que le alejaba de
Greld y de la persecución allí sufrida, era el camino que le alejaba de las
ruinas de su antigua vida y, quizás, le acercaba a la posibilidad de encontrar
su sitio en Egea.
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