La noche se iba tornando día, y el rojo amanecer comenzaba
lentamente a lamer las montañas de Segas. Las lenguas de fuego de la mañana se
extendían sobre el camino, iluminando a una figura oscura que marchaba a paso
firme, pero cansado.
Un sombrero de ala ancha cubría sus facciones, un gruñido
sofocado precedía a cada uno de sus pasos embutidos en botas altas y negras. La
ballesta que colgaba de su espalda martilleaba, incesantemente, haciéndose
notar por su peso, esto, junto con el tintineo metálico que acompañaba al
viajero, bastaba para anunciar que no se le debía tomar a la ligera.
Víktor, pues así se llamaba nuestro viajero, fatigado por
la larga marcha, se sentó sobre uno de los tocones al margen del camino y no
había aún llevado su odre a los labios cuando unos gritos de terror rompieron
la quietud reinante.
-Oh, mierda, allá
vamos otra vez – masculló mientras se incorporaba y, presa de la curiosidad y
un peculiar sentido de la moral, echó a correr en dirección a los gritos.
Los rojizos rayos del sol bañaban una dantesca escena,
varios cuerpos se encontraban mutilados y esparcidos en un pequeño claro, y lo
que parecían ser una pareja de supervivientes estaban forcejeando, como podían,
contra una criatura grisácea que bramaba, tratando de alcanzarles con sus
zarpas.
Sin pensarlo dos veces, rápidamente comenzó a recortar metros
mientras amartillaba la ballesta, la alzó calculando el tiro y, tras soltar
aire despacio, apretó el gatillo.
El virote de manufactura greldiana y punta de acero,
atravesó el aire, rebanando en dos la distancia hacia la criatura, hasta que
finalmente atravesó…
La espalda de una mujer de cabellos dorados, la cual se
encontraba, junto con el otro superviviente, luchando con la criatura.
-Oh, mierda,
mierda. – Con un gruñido, arrojó la ballesta a un lado, como evadiendo su
responsabilidad en esto, y en un hábil y fluido movimiento, desenvainó el
estoque, corriendo en dirección a la criatura.
Los gritos de horror del hombre, que acababa de quedarse
solo, sacaron de su estupor a Víktor; el cual, al llegar presto para el combate
contra el monstruo, se había quedado estupefacto al ver cómo el virote había
atravesado limpiamente el pecho de la mujer, hundiéndose en la frente del ser
grisáceo, que yacía ante ellos hecho un ovillo.
-¿Qué has hecho?
¡Maldita sea! E-está… - las lágrimas corrían por el moreno rostro del
superviviente. - ¡Está muerta, joder! ¡La has matado! – Incapaz de dirigir su
rabia contra el forastero, optó por desplomarse, convulsionando entre lágrimas
– está muerta… está muerta…
El pálido rostro de Víktor estaba más cadavérico que de
costumbre, ciertamente no tenía idea de qué decir.
-Vete… lárgate de
aquí…- murmuró, más que dijo, la figura postrada en el suelo.
Agachando la cabeza y recogiendo su ballesta por el
camino, nuestro viajero volvió sobre sus pasos, cabizbajo y aún sin saber qué
decir. Un cuervo graznó sobre su cabeza, entre los árboles.
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